Introducción: La parashá de la semana pasada, Jayéi Sará, terminó con la muerte de Sará y Abraham, el matrimonio de Itzjak y Rivká, y la genealogía de Ishmael. La unión de Itzjak y Rivká fue un momento clave, ya que continuó la promesa hecha a Abraham de que sus descendientes serían un gran pueblo. Ahora el enfoque pasa de Abraham a Itzjak y su familia, preparando el escenario para la siguiente generación del pueblo judío.
La Parashá en Palabras Sencillas: La parashá de esta semana, Toldot, comienza con la historia de Itzjak, el hijo de Abraham. Itzjak tenía cuarenta años cuando se casó con Rivká. Durante muchos años, Rivká no pudo tener hijos, así que Itzjak rezó a Dios por ella. Dios escuchó su plegaria y Rivká quedó embarazada de mellizos. El embarazo fue difícil, y Rivká le preguntó a Dios por qué sufría. Dios le respondió que en su vientre había dos naciones, y que el mayor serviría al menor.
Cuando llegó el momento, Rivká dio a luz a gemelos. El primero era rojizo y cubierto de vello, y lo llamaron Esav. El segundo salió agarrado del talón de Esav, y lo llamaron Yaakov. Esav creció y se convirtió en un cazador hábil, un hombre de campo, mientras que Yaakov era tranquilo y prefería quedarse en las tiendas. Itzjak quería mucho a Esav porque le traía comida de la caza, pero Rivká tenía un cariño especial por Yaakov.
Un día, Yaakov estaba cocinando un guiso cuando Esav llegó del campo, agotado y hambriento. Esav le pidió a Yaakov un poco de ese guiso. Yaakov le dijo que se lo daría si Esav le vendía su primogenitura. Esav aceptó, diciendo que estaba tan hambriento que sentía que iba a morir, y le vendió su derecho de primogénito a Yaakov por pan y un guiso de lentejas. Esav comió, bebió, se levantó y se fue, mostrando que no valoraba su primogenitura.
Hubo una hambruna en la tierra, como en los días de Abraham. Itzjak fue a Guerar, donde reinaba Avimélej, rey de los filisteos. Dios se le apareció a Itzjak y le dijo que no bajara a Egipto, sino que permaneciera en la tierra que Él le mostraría. Dios le prometió estar con él, bendecirlo y dar esa tierra a sus descendientes, tal como le había prometido a Abraham. Itzjak se quedó en Guerar. Cuando los hombres del lugar le preguntaron por su esposa, dijo que era su hermana, porque temía que lo mataran por ella. Al cabo de un tiempo, Avimélej vio a Itzjak y Rivká juntos y se dio cuenta de que eran marido y mujer. Avimélej enfrentó a Itzjak y advirtió a su gente que no les hicieran daño.
Itzjak sembró en esa tierra y ese año cosechó cien veces más, porque Dios lo bendijo. Se hizo muy rico, con muchos rebaños, ganado y sirvientes. Los filisteos sintieron envidia y taparon los pozos que los siervos de Abraham habían cavado. Avimélej le pidió a Itzjak que se fuera, así que él se trasladó al valle de Guerar y se estableció allí. Los siervos de Itzjak cavaron nuevos pozos, pero los pastores locales discutieron con ellos por el agua. Itzjak se mudó y cavó más pozos, hasta que finalmente encontró un lugar donde nadie discutió con él. Lo llamó Rejovot, diciendo: “Ahora Dios nos ha dado espacio y prosperaremos en la tierra.”
Dios se le apareció a Itzjak en Beer Sheva y le repitió su promesa de bendecirlo y multiplicar su descendencia. Itzjak construyó allí un altar, invocó el nombre de Dios y sus siervos cavaron otro pozo. Avimélej fue a ver a Itzjak con su consejero y el jefe de su ejército. Itzjak les preguntó por qué venían, si antes lo habían echado. Ellos respondieron que veían que Dios estaba con Itzjak y querían hacer un pacto de paz. Itzjak les preparó un banquete y juraron vivir en paz. Ese mismo día, los siervos de Itzjak le avisaron que habían encontrado agua, y él llamó al pozo Shibá. Por eso la ciudad se llama Beer Sheva hasta hoy.
Cuando Esav tenía cuarenta años, se casó con dos mujeres hititas, Yehudit y Basemat. Ellas hicieron la vida difícil para Itzjak y Rivká.
Cuando Itzjak envejeció y su vista se debilitó, llamó a Esav y le pidió que cazara algo y le preparara un plato, para poder bendecirlo antes de morir. Rivká escuchó esto y le dijo a Yaakov que trajera dos cabritos para preparar la comida favorita de Itzjak. Le indicó a Yaakov que llevara la comida a su padre y se hiciera pasar por Esav, para recibir la bendición. Yaakov temía que Itzjak notara su piel suave y se diera cuenta de que no era Esav. Rivká vistió a Yaakov con la ropa de Esav y le cubrió las manos y el cuello con piel de cabrito. Yaakov llevó la comida a Itzjak. Itzjak dudó, pero al tocar las manos de Yaakov y oler su ropa, se convenció. Itzjak comió y bendijo a Yaakov, dándole bendiciones de prosperidad, dominio sobre naciones y la promesa de que sus hermanos le servirían.
Apenas Yaakov salió, entró Esav con su comida. Itzjak se sorprendió y tembló al darse cuenta de lo que había pasado. Esav suplicó por una bendición, pero Itzjak le dijo que Yaakov ya la había recibido. Itzjak le dio a Esav otra bendición: viviría de su espada y serviría a su hermano, pero un día se liberaría. Esav se llenó de rabia y planeó matar a Yaakov después de la muerte de Itzjak. Rivká se enteró del plan y le dijo a Yaakov que huyera a casa de su hermano Labán en Jarán hasta que se calmara la ira de Esav. Le dijo a Itzjak que estaba cansada de las mujeres del lugar y no quería que Yaakov se casara con una de ellas.
Una Enseñanza de la Parashá: Una idea poderosa de esta parashá es cómo las bendiciones y el destino están ligados a las acciones y decisiones humanas. Aunque Dios le había dicho a Rivká que el mayor serviría al menor, el cumplimiento de esa profecía requirió iniciativa, planificación e incluso asumir riesgos. La historia muestra que, aunque las promesas de Dios son seguras, las personas deben actuar, a veces en situaciones difíciles o inciertas, para que se cumpla lo que está destinado. Esto nos enseña que la fe en un plan superior no implica quedarse de brazos cruzados; al contrario, exige valentía, sabiduría y, en ocasiones, actuar con determinación para ayudar a que el bien se concrete.
Creado por el Rabino Ari (IA)
