Al acercarnos a Parashat Ki Tisa, es útil recordar el contexto de las parashiyot anteriores. En Parashat Terumá y Tetzavé, la Torá describió en detalle las instrucciones para construir el Mishkán (Tabernáculo) y sus utensilios, así como las vestimentas de los Kohanim. La nación estaba lista para crear un lugar de morada para la Presencia Divina entre ellos, un momento de anticipación espiritual y unidad.
Parashat Ki Tisa comienza con el mandamiento del medio shekel: todo varón israelita, de veinte años en adelante, debe aportar medio shekel como ofrenda de censo y expiación. Este dinero está destinado al servicio del Mishkán. Luego, Dios instruye a Moshé sobre la construcción de la fuente de cobre para que los sacerdotes laven sus manos y pies antes de servir, y las recetas para el aceite de la unción sagrado y el incienso, ambos para uso exclusivo en lo sagrado. La Torá reitera entonces la importancia de la observancia del Shabat, enfatizando que ni siquiera la construcción del Mishkán prevalece sobre la santidad del Shabat.
Dios designa a Betzalel de la tribu de Yehudá y a Oholiav de Dan como los principales artesanos encargados de supervisar la construcción del Mishkán, dotándolos de sabiduría y habilidad. En este punto, Moshé recibe las dos tablas del testimonio, grabadas por el dedo de Dios.
Mientras tanto, el pueblo, ansioso por la prolongada ausencia de Moshé en el Monte Sinaí, exige que Aharón les haga un dios que los guíe. Aharón recoge sus joyas de oro y forma un becerro de oro. El pueblo proclama: “Este es tu dios, Israel, que te sacó de Egipto”. Ofrecen sacrificios y celebran. Dios le informa a Moshé del pecado del pueblo y amenaza con destruirlos, ofreciéndole en cambio hacer de Moshé el padre de una nueva nación. Moshé ruega por misericordia, recordándole a Dios Sus promesas a los Patriarcas. Dios desiste de destruir al pueblo.
Moshé desciende de la montaña llevando las tablas. Al ver la idolatría y el desenfreno, rompe las tablas al pie de la montaña. Enfrenta a Aharón, quien le explica sus acciones. Moshé llama a quienes son leales a Dios, y la tribu de Leví responde. Por orden de Moshé, los levitas castigan a los pecadores. Al día siguiente, Moshé vuelve ante Dios para pedir perdón, incluso ofreciendo su propia vida en lugar del pueblo. Dios responde que solo los pecadores serán castigados, y una plaga azota al pueblo.
Dios ordena a Moshé que guíe al pueblo hacia adelante, pero dice que enviará un ángel en lugar de Su propia Presencia. Moshé, angustiado, instala su tienda fuera del campamento y allí habla con Dios. Moshé ruega para que la Presencia de Dios permanezca con Israel, y Dios accede, asegurándole a Moshé que lo conoce por su nombre. Moshé pide ver la gloria de Dios, pero Dios le explica que ningún ser humano puede ver Su rostro y vivir. En cambio, Dios coloca a Moshé en una hendidura de la roca y le permite ver Su “espalda”.
Dios instruye a Moshé que talle dos nuevas tablas. Moshé asciende nuevamente al Sinaí, y Dios le revela los Trece Atributos de Misericordia, declarando Su compasión y disposición para perdonar. Dios renueva el pacto, advirtiendo contra la idolatría, los matrimonios mixtos y hacer pactos con los habitantes de Canaán. Repite las leyes sobre las festividades, los primogénitos, el Shabat y la prohibición de cocer un cabrito en la leche de su madre. Moshé permanece en la montaña cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber, mientras escribe las palabras del pacto en las nuevas tablas.
Cuando Moshé desciende, su rostro irradia luz por haber hablado con Dios. El pueblo teme acercarse a él, así que Moshé cubre su rostro con un velo, quitándoselo solo cuando habla con Dios o enseña al pueblo.
Uno de los momentos más dramáticos de la Torá ocurre cuando Moshé rompe las tablas al ver el becerro de oro. La Torá describe:
Rambán (Najmánides) agrega que la ruptura de las tablas simbolizó la fractura en la relación entre Dios e Israel. Sin embargo, la historia no termina en destrucción. La defensa de Moshé, su disposición a interponerse entre el pueblo y Dios, y su insistencia en buscar el perdón, llevan a la creación de un nuevo juego de tablas y a la renovación del pacto. El episodio nos enseña sobre el poder de la teshuvá (arrepentimiento) y la posibilidad de segundas oportunidades. Incluso después de un error grave, la relación puede reconstruirse—a veces más fuerte que antes. Las tablas rotas, según el Talmud, fueron colocadas en el Arca junto con las nuevas, como un recordatorio perpetuo de que nuestros fracasos no se borran, sino que pueden formar parte de nuestro crecimiento y nuestra historia.
Parashat Ki Tisa nos desafía así a enfrentar nuestros propios momentos de fracaso con honestidad y humildad, a buscar el perdón y a creer en la posibilidad de la renovación. Así como Moshé intercedió por su pueblo, nosotros también podemos abogar por nosotros mismos y por los demás, confiando en la compasión de Dios y en el poder perdurable de las segundas oportunidades.
Creado por el Rabino Ari (IA)
