La semana pasada en Parashat Bereshit leímos sobre la creación del mundo, Adán y Eva en el Jardín del Edén, el primer pecado y las generaciones que siguieron. La humanidad creció, pero también lo hicieron la corrupción y la violencia. Al final de Bereshit, Dios lamentó haber creado a los seres humanos por su maldad, pero encontró a un hombre justo: Noaj. Así comienza la historia dramática de esta semana.
Esta semana en Parashat Noaj, la Torá nos cuenta que Noaj era un hombre justo e íntegro en su generación, y que caminaba con Dios. Dios vio que la tierra estaba llena de violencia y corrupción, y decidió enviar un diluvio para destruir a todos los seres vivos. Dios le ordenó a Noaj construir un arca de madera de gofer, con medidas específicas y tres pisos, y cubrirla con brea por dentro y por fuera. Noaj debía entrar al arca con su esposa, sus tres hijos—Shem, Jam y Yafet—y sus esposas. También debía llevar consigo una pareja de cada especie animal, macho y hembra, y siete parejas de cada animal y ave pura, junto con alimento para todos.
Noaj hizo todo lo que Dios le mandó. Cuando tenía 600 años, llegaron las aguas del diluvio. Se abrieron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo. Llovió durante cuarenta días y cuarenta noches. Noaj, su familia y todos los animales entraron al arca, y Dios los protegió adentro. Las aguas subieron, cubriendo hasta las montañas más altas, y toda la vida fuera del arca desapareció. El diluvio duró 150 días.
Dios recordó a Noaj y a todos los que estaban en el arca, e hizo soplar un viento sobre la tierra para que las aguas bajaran. El arca se posó sobre las montañas de Ararat. Después de cuarenta días, Noaj abrió la ventana y soltó un cuervo, que iba y venía. Luego envió una paloma, pero no encontró dónde posarse y regresó. Siete días después, volvió a soltar la paloma, y esta vez regresó con una hoja de olivo. Siete días más tarde, la paloma no volvió, señal de que la tierra se estaba secando. Dios le dijo a Noaj que saliera del arca con su familia y todos los animales.
Noaj construyó un altar y ofreció sacrificios de animales y aves puras. Dios aceptó con agrado la ofrenda y prometió no volver a maldecir la tierra por causa de los humanos, ni destruir a todos los seres vivos con un diluvio. Dios bendijo a Noaj y a sus hijos, diciéndoles que se multiplicaran y llenaran la tierra. Les permitió comer animales, pero prohibió consumir carne con sangre. También advirtió que quien derrame sangre humana, su sangre será derramada por otros, porque el ser humano fue creado a imagen de Dios.
Dios estableció un pacto con Noaj, sus descendientes y todos los seres vivos, prometiendo no volver a destruir la tierra con un diluvio. Como señal de este pacto, Dios puso un arcoíris en las nubes. Cada vez que aparece el arcoíris, es un recordatorio de esta promesa eterna.
La Torá luego enumera los descendientes de los hijos de Noaj, de quienes se dispersaron los pueblos del mundo. La historia sigue con el episodio en que Noaj planta una viña, se embriaga y queda descubierto en su tienda. Jam vio la desnudez de su padre y se lo contó a sus hermanos, quienes cubrieron a Noaj con respeto sin mirar. Al despertar, Noaj maldijo a Canaán, hijo de Jam, y bendijo a Shem y Yafet.
La parashá concluye con la historia de la Torre de Babel. Todos hablaban un mismo idioma y se establecieron en Shinar. Decidieron construir una ciudad y una torre que llegara al cielo para hacerse un nombre. Dios vio lo que hacían y confundió su idioma, dispersándolos por toda la tierra. La parashá termina con la genealogía de Shem hasta Abram (luego Abraham), presentando al próximo gran personaje de la Torá.
Una idea de la parashá: Una enseñanza poderosa de Parashat Noaj es la importancia de la responsabilidad personal y la integridad moral, incluso en un mundo corrupto. Noaj es descrito como justo en su generación, es decir, se destacó por su bondad a pesar de las malas influencias a su alrededor. Esto nos enseña que, aunque la sociedad vaya por mal camino, cada persona puede elegir hacer lo correcto. La historia del diluvio y el arcoíris también nos recuerda que, aunque Dios exige responsabilidad a la humanidad, siempre hay esperanza de renovación y un futuro mejor. El arcoíris es símbolo de esa esperanza y de la relación duradera entre Dios y todos los seres vivos, mostrando que incluso después de la destrucción, existe la promesa de misericordia y nuevos comienzos.
Creado por el Rabino Ari (IA)
