A medida que continuamos nuestro recorrido por el Libro de Deuteronomio, la parashá de la semana pasada, Eikev, se centró en la importancia de escuchar los mandamientos de Dios, las recompensas por la obediencia y los peligros de olvidar a Dios en tiempos de prosperidad. Moshé recordó a los israelitas sus experiencias en el desierto, el don del maná y las lecciones aprendidas de sus errores. Enfatizó la gratitud, la humildad y la necesidad de recordar el papel de Dios en su éxito mientras se preparan para entrar en la Tierra de Israel.
Esta semana, en Parashat Re’eh, Moshé se presenta ante el pueblo y les plantea una elección clara: "Mira, hoy pongo delante de ustedes una bendición y una maldición". La bendición vendrá si obedecen los mandamientos de Dios, y la maldición si se apartan y siguen a otros dioses. Cuando los israelitas entren en la tierra, deben proclamar la bendición en el monte Gerizim y la maldición en el monte Ebal. Dios les ordena destruir todos los lugares de culto idolátrico, romper sus altares y borrar sus nombres de la tierra. Se les dice que no adoren a Dios de la misma manera que las naciones que están desposeyendo, sino que busquen el lugar especial que Dios elegirá para Su nombre, donde deben llevar sus ofrendas, sacrificios, diezmos y animales primogénitos. No deben ofrecer sacrificios en cualquier lugar que deseen, sino solo en el lugar que Dios elija. Sin embargo, pueden sacrificar animales para carne en sus propias ciudades, siempre y cuando no consuman la sangre, la cual debe ser derramada en la tierra.
Dios advierte al pueblo que no imite las prácticas de las naciones, especialmente que no coman sangre ni ofrezcan a sus hijos como sacrificio. Se les indica llevar sus diezmos, ofrendas y votos al lugar elegido, y alegrarse allí con sus familias y los levitas. Si la distancia es demasiado grande, pueden cambiar sus ofrendas por dinero, viajar al lugar elegido y usar el dinero para comprar lo que deseen comer allí en celebración. Se les recuerda no descuidar a los levitas, que no tienen herencia de tierra.
Cuando los israelitas se establezcan en la tierra, si desean comer carne, pueden hacerlo libremente, pero nuevamente, no deben comer la sangre. También se les indica apartar un diezmo de sus productos cada año y llevarlo al lugar elegido para comer en presencia de Dios. Cada tercer año, el diezmo debe darse al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda en sus ciudades, para que todos tengan suficiente para comer.
Dios advierte al pueblo sobre falsos profetas o soñadores que puedan realizar señales o maravillas e intentar atraerlos a seguir a otros dioses. Incluso si la señal se cumple, no deben escuchar a esa persona, porque Dios los está poniendo a prueba. Ese profeta o soñador debe ser condenado a muerte. De manera similar, si un pariente cercano o amigo intenta en secreto atraer a alguien a adorar a otros dioses, no se debe escuchar ni mostrar piedad, sino que debe ser castigado. Si toda una ciudad se vuelve a la idolatría, la ciudad y sus habitantes deben ser destruidos, y nada de ella puede ser conservado.
Se recuerda a los israelitas que no se hagan cortes ni tonsuras por los muertos, ya que son un pueblo santo para Dios. Se les da una lista de animales, peces y aves kosher y no kosher, y se les dice que no coman nada que muera por sí solo. Pueden dárselo a un extranjero o venderlo a un forastero, pero ellos mismos no deben comerlo. También se les dice que no cuezan un cabrito en la leche de su madre.
Se repiten las leyes del diezmo: cada año, se debe apartar una décima parte de la producción y comerla en el lugar elegido. Cada tercer año, el diezmo debe darse al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda. Se introducen las leyes del año sabático: cada séptimo año, todas las deudas deben ser canceladas. Se anima a los israelitas a ser generosos y prestar a los pobres, incluso cuando se acerca el año sabático, y a no endurecer el corazón ni cerrar la mano. Si un hebreo es vendido como esclavo, debe ser liberado en el séptimo año, y no enviado con las manos vacías, sino provisto con regalos del rebaño, la era y el lagar. Si el esclavo elige quedarse, se realiza un ritual para marcar esta decisión.
La parashá concluye con leyes sobre la dedicación de los animales primogénitos a Dios, comerlos en el lugar elegido y no trabajar ni esquilarlos. Se recuerda a los israelitas observar las tres festividades de peregrinación: Pesaj, Shavuot y Sucot. Cada festividad tiene sus propias instrucciones: Pesaj debe celebrarse con pan sin levadura durante siete días, con la ofrenda de Pesaj comida en el lugar elegido; Shavuot debe celebrarse con ofrendas voluntarias y alegría; Sucot debe celebrarse durante siete días con alegría, incluyendo a toda la comunidad. Todos los varones deben presentarse ante Dios en el lugar elegido tres veces al año, y nadie debe presentarse con las manos vacías, sino que cada uno debe llevar un regalo según sus posibilidades.
Una de las ideas más poderosas de esta parashá es el concepto de libre albedrío. La Torá enfatiza que a cada persona se le da la oportunidad de elegir entre bendición y maldición, bien y mal. Esto no es solo una decisión única, sino un proceso constante de elección, cada día y en cada situación. La Torá enseña que nuestras acciones tienen consecuencias reales y que somos responsables de las decisiones que tomamos. Esta idea nos da poder para asumir la responsabilidad de nuestras vidas y esforzarnos por la santidad, sabiendo que tenemos la capacidad de moldear nuestro destino a través de las decisiones que tomamos. El llamado a elegir es tanto un desafío como un regalo, recordándonos que somos socios con Dios en la creación de una vida significativa y con propósito.
Creado por el Rabino Ari (IA)
