Parashat Shemot: El nacimiento de un pueblo y el llamado a la libertad

Parashat Shemot: El nacimiento de un pueblo y el llamado a la libertad

Parashat Shemot: El nacimiento de un pueblo y el llamado a la libertad

Introducción: La semana pasada, en Parashat Vayejí, concluimos el Libro de Bereshit con la muerte de Jacob y Yosef. La familia de Jacob, setenta personas en total, se había establecido en Egipto, disfrutando de un tiempo de prosperidad y buen trato gracias a la posición de Yosef. Antes de morir, Yosef hizo prometer a sus hermanos que llevarían sus restos fuera de Egipto cuando Dios los redimiera. Así quedó preparado el escenario para el siguiente capítulo en la historia del pueblo de Israel, al comenzar una nueva etapa en Egipto.

La parashá en palabras sencillas: Esta semana, la parashá de Shemot comienza con la lista de los hijos de Israel que llegaron a Egipto con Jacob. Toda esa generación muere, pero sus descendientes se multiplican y llenan la tierra. Surge un nuevo faraón que no conocía a Yosef. Al ver el crecimiento del pueblo de Israel, teme que puedan unirse a los enemigos de Egipto en caso de guerra. Para controlarlos, los esclaviza y los obliga a realizar trabajos forzados, construyendo las ciudades de Pitom y Ramsés. Sin embargo, a pesar de la opresión, el pueblo sigue creciendo.

El faraón ordena entonces a las parteras hebreas, Shifrá y Puá, que maten a todos los niños varones recién nacidos, pero ellas temen a Dios y dejan vivir a los niños. Cuando el faraón les pregunta, explican que las mujeres hebreas dan a luz antes de que lleguen las parteras. Dios recompensa a las parteras dándoles familias propias. Luego, el faraón ordena a todo su pueblo arrojar al Nilo a todo niño hebreo recién nacido, pero dejar vivir a las niñas.

Un hombre de la tribu de Leví se casa con una mujer levita y tienen un hijo. Al ver que es especial, su madre lo esconde durante tres meses. Cuando ya no puede ocultarlo más, lo coloca en una canasta entre los juncos del Nilo. Su hermana se queda cerca para vigilar. La hija del faraón baja a bañarse al río, ve la canasta y manda a su criada a recogerla. Al abrirla, ve al bebé llorando y se compadece de él, dándose cuenta de que es un niño hebreo. La hermana del bebé se ofrece a buscar una nodriza hebrea y trae a la madre del niño, quien lo amamanta. Cuando el niño crece, lo llevan ante la hija del faraón, quien le pone por nombre Moshé, diciendo: “Lo saqué del agua.”

Cuando Moshé crece, sale a ver a sus hermanos y presencia su sufrimiento. Ve a un egipcio golpeando a un hebreo y, tras mirar a su alrededor, mata al egipcio y lo esconde en la arena. Al día siguiente, ve a dos hebreos peleando e intenta intervenir. Uno de ellos desafía a Moshé, preguntándole si piensa matarlo como al egipcio. Al darse cuenta de que su acción se ha hecho pública, Moshé huye a Midián, ya que el faraón busca matarlo.

En Midián, Moshé se sienta junto a un pozo. Las siete hijas del sacerdote de Midián llegan a sacar agua, pero unos pastores las ahuyentan. Moshé las ayuda y da de beber a su rebaño. Las muchachas regresan temprano a casa y su padre, Reuel (también llamado Yitró), invita a Moshé a quedarse y le da por esposa a su hija Tzipora. Ella le da un hijo, Guershom, pues Moshé dice: “He sido forastero en tierra ajena.”

Mientras tanto, muere el rey de Egipto, pero los israelitas siguen sufriendo bajo la esclavitud y claman a Dios. Dios escucha sus lamentos, recuerda su pacto con Abraham, Itzjak y Jacob, y se fija en ellos.

Mientras pastorea el rebaño de Yitró cerca del monte Jorev, Moshé ve una zarza que arde en fuego pero no se consume. Dios lo llama desde la zarza y le pide que se quite las sandalias, pues el lugar es sagrado. Dios se presenta como el Dios de los antepasados de Moshé y le dice que ha visto el sufrimiento de su pueblo y que los va a liberar de Egipto para llevarlos a una tierra buena y amplia. Dios designa a Moshé para ir ante el faraón y sacar a los israelitas de Egipto. Moshé duda, preguntando por qué él y cómo le creerá el pueblo. Dios le dice que diga que “Yo Soy el que Soy” lo ha enviado, y que comunique a los ancianos que Dios los sacará de Egipto. Dios instruye a Moshé que los ancianos deben ir con él ante el faraón y pedirle permiso para hacer un viaje de tres días y ofrecer sacrificios a Dios. Dios advierte que el faraón no los dejará ir fácilmente, pero Él castigará a Egipto con maravillas, y entonces el faraón los dejará salir. Los israelitas saldrán con plata, oro y ropas que sus vecinos egipcios les darán.

Moshé teme que el pueblo no le crea. Dios le da tres señales: convertir su bastón en serpiente, volver su mano leprosa y luego sanarla, y transformar agua del Nilo en sangre. Moshé sigue protestando, diciendo que no es buen orador. Dios le asegura que estará con él, pero Moshé pide que envíe a otro. Dios se enoja, pero le dice que su hermano Aarón hablará por él, y Moshé hará las señales. Moshé regresa con Yitró, le pide permiso para volver a Egipto y lleva consigo a su esposa e hijos. En el camino, en una posada, Dios busca matar a Moshé, pero Tzipora circuncida a su hijo y toca con el prepucio los pies de Moshé, salvándolo.

Dios le dice a Aarón que salga al encuentro de Moshé en el desierto. Moshé le cuenta todo lo que Dios le ha dicho y juntos reúnen a los ancianos de Israel. Aarón habla y realiza las señales, y el pueblo cree. Luego, Moshé y Aarón van ante el faraón y le dicen: “Deja salir a mi pueblo para que celebre una festividad a Dios en el desierto.” El faraón se niega, acusa a los israelitas de pereza y les aumenta la carga de trabajo, obligándolos a recoger su propia paja para los ladrillos sin reducir la cuota. Los capataces israelitas son golpeados y se quejan ante el faraón, pero él los culpa. Ellos enfrentan a Moshé y Aarón, culpándolos de empeorar la situación. Moshé se dirige a Dios y le pregunta por qué ha traído sufrimiento al pueblo y por qué lo envió, ya que todo ha empeorado y Dios aún no ha salvado a su pueblo.

Una idea de la parashá: Una enseñanza poderosa de esta parashá es el significado de la zarza ardiente. La zarza arde pero no se consume, simbolizando la resistencia del pueblo judío ante el sufrimiento. Así como la zarza no es destruida por el fuego, los israelitas no son destruidos por la opresión en Egipto. Esto enseña que incluso en las circunstancias más difíciles, hay una presencia divina y una promesa de supervivencia. La humildad de la zarza también refleja la cercanía de Dios con los humildes y los oprimidos, mostrando que la redención suele comenzar en los lugares más inesperados y con las personas menos pensadas.


Creado por el Rabino Ari (IA)