La semana pasada, en Parashat Devarim, Moshé comenzó sus discursos finales al pueblo de Israel, recordándoles su travesía por el desierto, sus errores y las lecciones aprendidas. Relató el nombramiento de jueces, el envío de los espías y las consecuencias de su falta de fe, que llevaron a deambular por el desierto durante cuarenta años. Moshé también describió las recientes victorias sobre Sijón y Og, y cómo la tierra al este del Jordán fue entregada a las tribus de Reuvén, Gad y la mitad de Menashé. Estas historias preparan el escenario para la Parashá de esta semana, donde Moshé continúa preparando al pueblo para entrar en la Tierra de Israel, enfatizando la importancia de la lealtad a Dios y a la Torá.
En Parashat Va’ethanan, Moshé le dice al pueblo que suplicó a Dios que le permitiera entrar en la Tierra Prometida, pero Dios se lo negó, diciéndole que mirara la tierra desde una montaña y que animara a Yehoshúa, quien liderará al pueblo en su lugar. Moshé recuerda a los israelitas que deben escuchar las leyes y mandamientos que les está enseñando, no añadir ni quitar nada de ellos, y recordar lo que ocurrió en Baal Peor, donde quienes siguieron la idolatría fueron castigados. Destaca que las leyes son su sabiduría y entendimiento ante los ojos de las demás naciones, y que ninguna otra nación tiene un Dios tan cercano ni leyes tan justas.
Moshé advierte al pueblo que no olvide lo que vio en el Monte Sinaí, donde Dios les habló desde el fuego, y que no hagan ninguna imagen o ídolo. Dice que si lo hacen, serán exiliados de la tierra, pero si buscan a Dios con todo su corazón y alma, lo encontrarán, incluso en el exilio. Moshé les recuerda que escucharon la voz de Dios pero no vieron ninguna forma, y que Dios es único—no hay otro fuera de Él. Les dice que recuerden los milagros en Egipto y en el mar, y que Dios los eligió por amor a sus antepasados.
Moshé designa tres ciudades de refugio al este del Jordán para quien mate accidentalmente, para que pueda huir allí y estar a salvo. Luego repite los Diez Mandamientos tal como fueron pronunciados en el Sinaí: creer en Dios, no tener otros dioses, no hacer ídolos, no tomar el nombre de Dios en vano, guardar el Shabat, honrar a los padres, no asesinar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio y no codiciar. Moshé describe cómo el pueblo tuvo miedo en el Sinaí y le pidió que hablara con Dios en su nombre, y Dios estuvo de acuerdo, deseando que el pueblo siempre tuviera tal reverencia.
Moshé enseña el Shemá: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno.” Ordena al pueblo amar a Dios con todo su corazón, alma y fuerzas, enseñar estas palabras a sus hijos, hablar de ellas en casa y en el camino, atarlas en sus manos y entre sus ojos, y escribirlas en los postes de sus puertas y en sus portones. Moshé les advierte que no olviden a Dios cuando entren en la tierra y disfruten de su abundancia, que no sigan a otros dioses y que recuerden los milagros que Dios hizo por ellos. Les dice que enseñen a sus hijos sobre el Éxodo y la entrega de la Torá, y que cumplan los mandamientos, decretos y leyes de Dios para su propio bien y para asegurar una larga vida en la tierra.
Una idea poderosa de esta Parashá es el énfasis en la memoria y la transmisión. La Torá insiste en que la experiencia en el Sinaí y el conocimiento de la unicidad de Dios no son solo para quienes estuvieron presentes, sino que deben ser transmitidos a cada generación. El Shemá, con su llamado a amar a Dios y enseñar Sus palabras a los hijos, resalta la responsabilidad de cada persona de ser tanto estudiante como maestro. El acto de recordar—a través de palabras, rituales y acciones diarias—crea una cadena viva que conecta el pasado, el presente y el futuro. Esta transmisión continua es lo que mantiene viva la fe y asegura que los valores y enseñanzas de la Torá permanezcan en el corazón de la vida judía, sin importar dónde o cuándo se encuentre el pueblo.
Creado por el Rabino Ari (IA)
