En el capítulo anterior: La semana pasada, en Parashat Toldot, presenciamos la intensa historia de los mellizos de Isaac, Jacob y Esaú. Jacob, con la ayuda de su madre Rebeca, recibió la bendición destinada al primogénito, lo que provocó la ira de Esaú y puso en peligro la vida de Jacob. Para protegerlo, Rebeca e Isaac enviaron a Jacob a la familia de ella en Jarán, tanto para escapar de Esaú como para buscar esposa entre sus parientes.
La parashá de esta semana, en palabras sencillas: Jacob sale de Be’er Sheva rumbo a Jarán. En el camino, al caer la noche, se detiene a dormir y usa una piedra como almohada. Sueña con una escalera que llega de la tierra al cielo, por la que suben y bajan ángeles. Dios está arriba y le promete a Jacob que la tierra donde está acostado será para él y sus descendientes, que serán tan numerosos como el polvo de la tierra. Dios le asegura que lo cuidará dondequiera que vaya y que lo hará regresar a esa tierra. Jacob despierta asombrado y dice: “Este lugar es la casa de Dios y la puerta del cielo”. Levanta la piedra como monumento, la unge con aceite y llama al lugar Betel. Jacob hace una promesa: si Dios lo protege y lo hace volver sano y salvo, dedicará una décima parte de todo lo que reciba a Dios.
Jacob sigue su camino hasta Jarán y llega a un pozo donde unos pastores esperan para dar de beber a sus rebaños. Allí conoce a Raquel, su prima, y la ayuda a dar agua a sus ovejas. Jacob le cuenta a Raquel que son parientes, y ella corre a avisar a su padre, Labán. Labán recibe a Jacob y él se queda un mes con la familia. Labán le ofrece un pago por su trabajo, y Jacob le propone trabajar siete años para casarse con Raquel. Los años pasan rápido porque Jacob la ama. Pero en la noche de bodas, Labán engaña a Jacob y le da a su hija mayor, Lea. Al amanecer, Jacob descubre el engaño. Labán le explica que la costumbre es casar primero a la hija mayor. Labán le ofrece también a Raquel, si Jacob trabaja otros siete años. Jacob acepta y, tras una semana, se casa también con Raquel.
Dios ve que Lea no es amada y le concede tener hijos, mientras que Raquel no puede concebir. Lea da a luz a cuatro hijos: Rubén, Simeón, Leví y Judá. Raquel, desesperada por tener hijos, le da a su sirvienta Bilhá a Jacob como esposa. Bilhá tiene dos hijos: Dan y Neftalí. Lea, al ver que ha dejado de tener hijos, le da su sirvienta Zilpá a Jacob, quien tiene dos hijos más: Gad y Asher. Luego Lea tiene dos hijos más, Isacar y Zabulón, y una hija, Dina. Finalmente, Dios recuerda a Raquel y ella da a luz a José.
Después del nacimiento de José, Jacob le pide a Labán regresar a su tierra. Labán quiere que Jacob se quede, ya que ha prosperado gracias a él. Acuerdan que Jacob recibirá como salario todas las ovejas y cabras manchadas y moteadas. Jacob utiliza ramas y una cría selectiva para aumentar su parte del rebaño. Jacob se enriquece mucho, con muchos animales, siervos, camellos y burros. Los hijos de Labán sienten celos y la actitud de Labán cambia. Dios le dice a Jacob que regrese a su tierra. Jacob llama a Raquel y Lea al campo y les explica que Labán lo ha engañado, pero que Dios lo ha protegido. La familia decide irse. Mientras Labán está ausente, Jacob y su familia parten en secreto. Raquel toma los ídolos de la casa de su padre. Labán los persigue y los alcanza después de siete días. Dios le advierte a Labán en un sueño que no le haga daño a Jacob. Labán enfrenta a Jacob y busca sus ídolos, pero no los encuentra porque Raquel los ha escondido. Jacob y Labán hacen un pacto: levantan una piedra y un montón de piedras como testigos de que no se harán daño. Labán se despide de sus hijas y nietos y regresa a su casa. Jacob sigue su camino y se encuentra con ángeles de Dios.
Una enseñanza de la parashá: Una idea poderosa de esta parashá es cómo el viaje de Jacob está lleno de incertidumbre, desafíos e incluso engaños, pero él nunca pierde su propósito ni su vínculo con Dios. Incluso cuando está solo y vulnerable, durmiendo con una piedra como almohada, recibe una visión de la presencia y la promesa de Dios. Esto nos enseña que, aun en los momentos más difíciles y confusos, no estamos solos. La escalera del sueño de Jacob simboliza la conexión entre el cielo y la tierra, recordándonos que cada lugar y cada instante pueden estar llenos de santidad, y que la presencia de Dios puede encontrarse incluso en el exilio y la adversidad. La fe y la perseverancia de Jacob, a pesar de todos los obstáculos, nos muestran la importancia de mantener la esperanza y la confianza en el camino de la vida.
Creado por el Rabino Ari (IA)
